5:45 y la máquina de escribir seguía corriendo; nunca pudo hallar el tope de su capacidad. Las palabras sugeridas por esa mente se extendían hasta fulminar la fuerza de sus miembros, – Voy a cortarme otro dedo, así serán menos; tengo que ser más rápido.
Ya había dicho las frases más célebres: la velocidad en su lengua había alcanzado el corte de la navaja; ahora, era la escritura. Escribía acerca de animales: semejanzas y características. Dos horas de letargo le produjeron una cicatriz irremediable en los párpados, pero su fijación estaba en la tinta y el papel.
Cuando se iba la luz del sol, frenó todo. No pudo ponerse de pie, le faltaba el talón izquierdo y la planta del pie derecho: optó por quedarse inmóvil, esperando a que le sobrase algo en el pecho y arrancase el corazón.
Yeztli
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